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La velocidad nunca debe superar la estrategia
29 de septiembre de 2026 No hay comentarios

La velocidad nunca debe superar a la estrategia 

Hace algunos años, uno de los grandes desafíos de los equipos de comunicación era conseguir que una organización reaccionara a tiempo. Hoy tenemos casi el problema contrario. Todo parece exigir una respuesta inmediata. 

Una publicación empieza a generar comentarios. Un periodista hace una consulta. Aparece un video en redes sociales. Un cliente reclama públicamente. Una información comienza a circular en WhatsApp. Y casi automáticamente aparece la pregunta: ¿ya respondimos? 

La velocidad se ha convertido en una especie de indicador de eficiencia. Mientras más rápido reaccionamos, pareciera que mejor estamos gestionando la situación. Pero, luego de haber pasado por decenas de crisis, estoy convencida de que no siempre es así. 

En comunicación, responder primero no necesariamente significa responder mejor. Y en determinados escenarios, una respuesta apresurada puede terminar generando un problema mayor que aquel que intentábamos resolver. 

Hoy tenemos más herramientas para detectar conversaciones, producir contenidos y reaccionar en cuestión de minutos. La inteligencia artificial ha acelerado todavía más esa dinámica y nos permite analizar información, preparar borradores o identificar escenarios en tiempos que hace algunos años parecían imposibles. 

Incluso en el Perú estamos entrando en una nueva etapa en la que el uso de inteligencia artificial empieza a incorporar mayores exigencias de gobernanza, transparencia y supervisión humana. La tecnología puede acelerar prácticamente todo. Lo que no debería acelerar de la misma manera es nuestro criterio. 

No todo necesita una respuesta inmediata 

Uno de los errores más frecuentes cuando aparece una situación sensible es asumir que el silencio de algunos minutos significa ausencia de gestión. No necesariamente. 

A veces esos minutos son justamente los que permiten entender qué ocurrió, contrastar información, identificar quiénes están involucrados y decidir qué necesita escuchar cada público. 

Antes de responder hay preguntas básicas que deberíamos poder contestar. ¿Qué sabemos realmente? ¿Qué todavía no sabemos? ¿Quién está siendo afectado? ¿Qué puede cambiar en las próximas horas? ¿Qué estamos en condiciones de afirmar? ¿Y qué compromiso podemos asumir y cumplir? 

El problema aparece cuando la presión por decir algo termina siendo mayor que la necesidad de entender qué está pasando. 

He visto organizaciones preocupadas porque todavía no tienen un comunicado cuando, en realidad, aún no tienen claridad sobre los hechos. Equipos concentrados en redactar una respuesta mientras las áreas involucradas siguen tratando de reconstruir lo ocurrido. O discusiones interminables sobre una palabra cuando todavía no existe una decisión empresarial detrás de ella. En esos casos, el problema no es comunicacional.  

Esto tampoco significa que podamos tomarnos todo el tiempo del mundo. Las redes sociales no esperan. Los medios tampoco. Los trabajadores, clientes, comunidades y demás grupos de interés quieren información y, cuando una organización no ocupa ese espacio, alguien más probablemente lo hará. 

Por eso, el verdadero desafío no es elegir entre velocidad y estrategia, sino es estar preparados para poder tener ambas. 

Una empresa que conoce sus riesgos tiene responsables definidos, protocolos actualizados, voceros preparados y canales internos de escalamiento que pueden reaccionar rápidamente sin improvisar. No porque piensen más rápido durante la crisis, sino porque pensaron antes de que ocurriera. 

Ahí está, para mí, una diferencia fundamental. La rapidez que necesitamos en comunicación no se construye corriendo cuando aparece el problema. Se construye previamente, reduciendo la cantidad de decisiones que tendremos que tomar bajo presión. 

Si sabemos quién debe validar una respuesta, quién tiene la información, quién toma la decisión final y cuáles son nuestros principios de actuación, ganamos tiempo sin sacrificar criterio. 

También tenemos que aprender a tolerar la presión 

Hay otro elemento menos visible, pero igualmente importante. Cuando una conversación empieza a crecer, sentimos que tenemos que hacer algo. Publicar. Responder. Aclarar. Llamar. Dar una entrevista. Emitir un comunicado. 

La acción genera una sensación de control. Pero gestionar estratégicamente también implica saber cuándo actuar, cómo hacerlo y cuándo esperar. 

No todas las críticas requieren una respuesta pública. No todas las publicaciones con comentarios negativos representan una crisis. No todas las consultas necesitan un pronunciamiento institucional. Y no todas las conversaciones deben ser enfrentadas desde el mismo canal. 

A veces será necesario responder en minutos. Otras veces, la mejor decisión será recopilar más información antes de hacerlo. En determinados casos bastará una conversación directa con los involucrados. Y habrá situaciones en las que responder públicamente solo conseguirá amplificar algo que tenía un alcance limitado. 

El criterio está justamente en distinguir una situación de otra. Por eso uno de los roles más importantes de quienes lideramos estrategias de reputación es introducir criterio cuando todo alrededor está pidiendo velocidad. 

La tecnología acelera. La responsabilidad sigue siendo nuestra 

La inteligencia artificial nos enfrenta hoy a una versión todavía más extrema de este desafío. 

Podemos producir una respuesta en segundos. Podemos resumir cientos de comentarios, identificar tendencias, preparar escenarios y construir versiones de un comunicado casi inmediatamente. Eso es extraordinariamente útil. Pero que podamos generar una respuesta en segundos no significa que debamos publicarla en segundos. 

Una herramienta puede ayudarnos a redactar. No conoce necesariamente todas las sensibilidades de una organización, la historia detrás de una relación, las expectativas de una comunidad o las implicancias que una determinada frase puede tener para trabajadores, clientes o autoridades. Ese contexto sigue siendo humano y también lo es la responsabilidad sobre lo que finalmente comunicamos. 

Quizás por eso, paradójicamente, cuanto más rápidas sean nuestras herramientas, más importante será nuestra capacidad de detenernos a pensar. 

Durante mucho tiempo asociamos una buena gestión de comunicación con capacidad de reacción. Y sigue siendo fundamental. Pero hoy debemos agregar algo más. 

Necesitamos organizaciones capaces de reaccionar rápido, sí, pero sobre todo capaces de entender cuándo la velocidad suma y cuándo empieza a jugar en contra. Porque una respuesta tardía puede dejar espacio para que otros construyan la historia por nosotros. Pero una respuesta apresurada, incompleta o inconsistente también puede afectar la confianza que intentábamos proteger. 

El desafío está en encontrar ese punto en el que rapidez y criterio trabajan juntos. En comunicación estratégica no ganamos por ser los primeros en decir algo. Ganamos cuando, en el momento en que decidimos hablar, sabemos qué queremos decir, por qué lo estamos diciendo y qué debería ocurrir después. 

La velocidad importa. Pero nunca debería ir por delante de la estrategia. 

Rachel Bronstein, Directora de Comunicación y Crisis en TOC Asociados