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Saber qué decir no es lo mismo que saber comunicarlo
4 de septiembre de 2026 No hay comentarios

Saber qué decir no es lo mismo que saber comunicarlo 

Hace un año decidí estudiar teatro. Este año sumé oratoria. A simple vista, podrían parecer dos experiencias alejadas de mi trabajo cotidiano. Sin embargo, ambas terminaron llevándome de regreso a un terreno que conozco bien: la comunicación.

Del teatro me quedó especialmente una idea: el teatro es verdad.

Puede sonar contradictorio porque quien está sobre un escenario interpreta un papel y representa una realidad que no necesariamente es la suya. Pero para que funcione tiene que hacerla creíble. No basta con aprender el texto. Hay que comprender lo que ocurre, encontrar la intención, trabajar las emociones, reaccionar frente al otro y conseguir que, durante esos minutos, aquello se sienta real.

La improvisación también es parte del ejercicio: escuchar, reaccionar, pensar rápido y continuar cuando algo no sucede exactamente como estaba previsto.

Meses después empecé a estudiar oratoria y, aunque el ejercicio era distinto, encontré un punto en común. No basta con conocer un tema o tener claro lo que queremos decir. Importa cómo lo contamos, cómo conectamos con quienes tenemos al frente y qué conseguimos generar en ellos.

Cuando el mensaje pasa a manos de otro

Quienes trabajamos en comunicación dedicamos muchísimo tiempo a construir mensajes. Buscamos precisión, revisamos cifras, anticipamos preguntas, ordenamos argumentos y pensamos en las palabras adecuadas. Es parte de nuestro trabajo y es indispensable hacerlo.

Pero después ese mensaje pasa a manos de otra persona.

Puede ser un gerente frente a su equipo, un CEO presentando resultados, un ejecutivo defendiendo un proyecto, un especialista participando en un panel o un vocero respondiendo las preguntas de un periodista.

Esa persona puede conocer perfectamente los mensajes e incluso haberlos memorizado. Pero si todavía se sienten como palabras que alguien más escribió para ella, algo probablemente se pierda en el camino.

Por eso cada vez estoy más convencida de que preparar a alguien para comunicar no consiste en conseguir que repita mejor un mensaje, sino en ayudarlo a hacerlo suyo.

A veces será cambiar una palabra por otra que utiliza naturalmente. Explicar un concepto técnico con un ejemplo cotidiano. Relacionar un dato con una experiencia. O encontrar su propia manera de contar una idea sin alterar aquello que necesitamos comunicar.

Esto se vuelve todavía más evidente cuando buscamos que una idea genere algo en quien nos escucha.

En estos meses de oratoria he trabajado también la persuasión, y ahí confirmé algo que desde la comunicación conocemos bien: los datos y los argumentos son indispensables, pero no basta con acumularlos. Hay que saber seleccionarlos, darles contexto y construir con ellos una idea que la audiencia pueda seguir.

Lo comprobé recientemente preparando una conferencia sobre lo que viene ocurriendo en el mar peruano. Teníamos información, hechos y distintas señales que merecían atención. El desafío era conseguir que la audiencia pudiera comprender qué estaba pasando, por qué valía la pena prestarle atención y qué preguntas deberíamos empezar a hacernos.

Los datos seguían siendo los mismos. Lo que cambiaba era la manera de comunicarlos.

Podemos conocer profundamente un tema y explicarlo de una manera tan técnica que resulte distante. Podemos tener información muy valiosa y no conseguir transmitir por qué es importante. Ahí vuelve a aparecer la misma pregunta: no solo qué queremos decir, sino cómo conseguimos que quien está al frente realmente lo entienda.

Entrenamos para que no se note el entrenamiento

Esta es probablemente una de las ideas que más me llevo de estos meses.

Trabajamos la voz para que tenga intención sin que suene impostada. Practicamos las pausas para que aparezcan de manera natural y no como una técnica aprendida. Ensayamos una presentación no para repetirla exactamente igual, sino para sentirnos lo suficientemente cómodos como para adaptarnos a lo que ocurre en el momento.

Al final, la técnica funciona mejor cuando deja de ser evidente. Cuando ya no estamos pensando en dónde hacer una pausa, cómo movernos o qué palabra viene después, y podemos concentrarnos en lo realmente importante: lo que queremos comunicar y en quienes tenemos al frente.

Mientras mejor conocemos y practicamos lo que queremos decir, menos necesitamos aferrarnos a un guion.

Sandra Paredes, Directora de Comunicación y Crisis en TOC Asociados